viernes, 14 de febrero de 2014


Informe no. 2


¡Wokolaval!




A falta de algo para escribir, hoy confío fielmente en la memoria. 

   La luna avisaba el horario, casi media noche, cuando bajamos del camión en medio de una neblina espesa ¡Zapata vive! ¡La lucha sigue! escuché entre aplausos. Habíamos llegado al caracol de Oventik a una hora y media de San Cristobal de las Casas, Chiapas donde ya nos esperaban entusiastas niños, jóvenes, mujeres, hombres y ancianos zapatistas. Ceci me saludó y con una sonrisa que se escondía debajo de su pasamontañas se presentó como mi guardiana, una joven tzeltal de 18 años. Al día siguiente, con corridos zapatistas, salimos rumbo a San Juan Cancuc, donde vive su familia, Juan y María con sus ocho hermanitos. 

  Temprano por la mañana, tras peinarse y lavarse, Ceci me enseñó, entre tantas otras cosas, algunas palabras en tzeltal como baayat- hola, butsan- sabroso, wokolaval- ¡gracias! intenté aprender a tejer en telar de cintura un pequeño y colorido morral, que tras horas de trabajo me regalaron. En familia bajamos caminando entre cafetales al trapiche, donde no imagine que exprimir la caña de azúcar pudiera ser tan cansado como divertido. Por las noches, nos sentábamos junto al fogón para calentarnos, mientras cenábamos algo fresco recién cosechado del huerto como chayote con miel de caña y tomábamos té de limón o café.

   Los días pasaron volando. Entre abrazos y risas me despedí de mi familia, ¡wokolaval! - les dije, sin duda las palabras parecían vacías para agradecerles lo que de ellos había aprendido durante estos días. No olvidaré su mirada, amante de la tierra y la vida. Regresé con una sonrisa y el corazón bien lleno.

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